Cambiando el concepto de salud de nuestros hijos
El artículo que os presento hoy ha sido escrito por mi amiga Isabel. Isabel es médico y ginecóloga con una visión holística de la medicina.
El artículo que os presento hoy ha sido escrito por mi amiga Isabel. Isabel es médico y ginecóloga con una visión holística de la medicina. No nos conocemos personalmente, hemos conectado a través de internet, pero me encantaría conocerla, porque derrocha sensibilidad, ternura y empatía por doquier. Gracias, guapa.
Isabel es española, pero afincada en Atenas, y desde el otro lado del Mediterráneo nos llega esta reflexión.
Aprovecho la ocasión para invitaros a colaborar con el blog con recetas, artículos de opinión, sugerencias… en fin, con lo que se os ocurra. Toda colaboración es bienvenida.
Cambiando el concepto de salud de nuestros hijos
Cuando Odile me ofreció la posibilidad de escribir algún artículo en su blog, me sentí muy feliz de poder iniciar un camino juntas, en algo que a ambas nos apasiona como es la salud.
Por eso a mí me pareció que, aunque su blog está centrado en aportar valiosísima información para superar una enfermedad como el cáncer, yo acababa de escribir un artículo que no era exactamente sobre cáncer, sino sobre el concepto de salud en los niños, y me parecía muy oportuno exponerlo aquí. ¿Y por qué? Pues veréis, cada vez más, desde múltiples áreas de la investigación científica como medicina, biología, agronomía, física, etc., están llegando conocimientos que hablan sobre el peso que tiene en nuestra salud cada uno de los elementos que componen nuestro día a día: los alimentos procesados o ecológicos, transgénicos o no, las sustancias que ingerimos de manera pasiva en los envases de los alimentos, en la pintura de nuestra casa, o en los desinfectantes del agua, en champús y cremas, etc., y cómo todo ello puede estar afectando a nuestro sistema inmune ya desde la infancia, puesto que es nuestro periodo más sensible y vulnerable.
Por todo ello me parece necesario hacer una reflexión sobre cuáles son los problemas más comunes de salud en la infancia y cuál es nuestra manera de enfocarlos y de superarlos. Porque en nuestra vida como seres humanos no podemos olvidar que nuestro presente, en cualquier aspecto que estemos revisando, es el fruto de nuestras elecciones en el pasado, o lo que es lo mismo: nuestras elecciones en el presente están planteando la base de nuestro futuro.
Por eso deseo simplemente que este artículo os aporte algunas reflexiones sobre las diferentes maneras de abordar la salud y la enfermedad, y muy especialmente en los niños.

Vivimos tiempos de grandes cambios sociales y, por lo tanto, difíciles y al mismo tiempo apasionantes, si estamos abiertos a aceptar fluir, a soltar las viejas creencias y abrir la mente a otras posibilidades. Y también, por qué no, a atrevernos a romper algunas de nuestras resistencias y dar la cara a nuestros miedos. Sobre todo, a empezar a cuestionarnos todas las verdades absolutas, a ser más críticos (no criticones) y a buscar alternativas diferentes a los problemas de siempre, para poder llegar a un destino diferente. Es hora de tomar parte activa en la resolución de nuestros problemas y no esperar a que nos sean solucionados por alguien que se supone sabe más que nosotros; tomemos cartas en el asunto, busquemos información, alternativas, y planteémoslas a los que nos tienen que responder, sean jefes, expertos, gobierno, y también médicos. Porque la salud y el bienestar físico, psíquico, emocional y espiritual es un derecho al que no debemos renunciar. Nadie tiene más obligación y deber que nosotros de velar por conservarla.
Y con estas y otras reflexiones, resulta que estamos en invierno, con los fríos, las lluvias y con la nieve por caer, y por todas partes me voy encontrando niños y también mayores aquejados de las dolencias típicas de esta época invernal. Es como un ritual anual: los superventas de esta época son los antibióticos y los antipiréticos. Y he de decir que se me cae el alma cuando veo a los niños atiborrados de antibióticos, quizás porque lo sufrí como niña y también como madre durante un tiempo. Será por eso que, de todos los temas sobre los que podía hablar, este es el primero que quiere ver la luz.
La verdad es que, desde hace algún tiempo, incluso desde la llamada medicina oficial, cada vez son más las voces que se escuchan en desacuerdo con la excesiva medicalización de la infancia. Es bastante habitual ver, desde que empiezan los fríos del otoño, a los niños de todas las edades con sus dosis de augmentine o similar y el antipirético de turno, para desesperación de niños y de padres… Este ritual es difícil de esquivar hasta bien entrada la primavera. Pero parece que poco a poco profesionales y padres van comprendiendo que la mayoría de esas dolencias invernales son fruto de virus, a los cuales los antibióticos no les hacen nada, y el dar antibiótico «por si acaso» va disminuyendo, vistos los resultados poco favorables de ese abuso.
Aún así, hay muchos profesionales que olvidaron cuál es el verdadero significado de la fiebre, la tos, los mocos o la inflamación de las amígdalas, etc. Todos son señales de que el cuerpo, a través del sistema inmune, se está defendiendo e inmunizando contra los virus y microbios que nos rodean. Este proceso se ha de producir si queremos tener un sistema inmune fuerte y resistente, porque solo así se entrena y se producen los llamados anticuerpos, que son las defensas que generamos. Quisiera añadir también, sin entrar en ello de lleno porque no es de lo que quiero hablar hoy, que los científicos están descubriendo cómo virus y bacterias, lejos de ser «el enemigo en las puertas», resultan imprescindibles para interactuar con nuestros genes: trabajan con nuestro material genético a lo largo de la evolución de nuestra especie. Es decir, muchos virus y bacterias, lejos de ser enemigos permanentes, forman parte de nuestra propia biología; eso no significa, por supuesto, que toda infección sea inofensiva ni que debamos dejar de vigilar los signos de alarma en un niño enfermo.

Pues bien, lo que hacemos normalmente cuando el cuerpo de nuestros hijos se está defendiendo, es cortar ese proceso con antibióticos y antipiréticos usados sin necesidad real, y con ello podemos dificultar la respuesta inmunitaria; por eso algunos procesos se repiten una y otra vez y se cronifican con facilidad. En realidad, la subida de la temperatura suele ser una señal de que el cuerpo se está defendiendo: la fiebre favorece varios mecanismos de la respuesta inmunitaria (mayor actividad de los leucocitos y los linfocitos, producción de anticuerpos), aunque no existe un número exacto de grados que «active» esa defensa de golpe; el efecto se produce de forma gradual dentro de un rango de temperaturas. Por lo tanto, una subida de temperatura no es en sí misma peligrosa en un niño sano: normalmente el proceso dura, si el niño está sano, unos tres días. Durante ese tiempo, lo importante es vigilar al niño y actuar según su malestar, no según el número exacto del termómetro: las guías pediátricas actuales desaconsejan los baños fríos o tibios y los paños húmedos para bajar la fiebre, porque resultan desagradables para el niño y no son eficaces como medida antitérmica, e incluso pueden provocar escalofríos que eleven aún más la temperatura interna. Lo recomendable es mantener al niño bien hidratado, en reposo, cómodamente vestido (ni en exceso ni destapado), y usar un antitérmico solo si el malestar lo requiere y según la pauta de su pediatra. Ante fiebre muy alta, persistente, en bebés muy pequeños o si el niño tiene mal aspecto general, hay que consultar siempre con el pediatra. ¿Y qué pasa con la tos y los mocos? Pues que, de esta manera, el sistema respiratorio se desprende de los gérmenes una vez que los ha atacado y elimina las sustancias producidas para aislarlos.
¿Significa esto que hemos de sucumbir enterrados en «mocos» o agotados de tanto toser? Pues claro que no; significa que hemos de ayudar al cuerpo a autosanarse, porque para eso tenemos el sistema inmune, si no ¿para qué lo querríamos? Hemos de colaborar de una manera respetuosa en el proceso, para que se puedan producir los anticuerpos suficientes, y esto podemos conseguirlo fácilmente quedándonos en casa unos días, durmiendo más, descansando, manteniendo una buena hidratación, y usando medicinas y herramientas menos agresivas con el cuerpecito de nuestros hijos, siempre de acuerdo con su pediatra.

Existen también recursos complementarios, como las infusiones de plantas o los masajes con aceites esenciales, que algunas familias usan como apoyo para el bienestar del niño durante estos procesos. Es importante saber que terapias como la homeopatía o la reflexología no cuentan con evidencia científica sólida que respalde su eficacia más allá del efecto placebo, según las revisiones oficiales disponibles; por eso, aunque algunas familias las utilicen como complemento, nunca deben sustituir la valoración y el tratamiento pediátrico cuando el niño lo necesite. Lo que sí tiene un valor real, y quizá sea lo más importante de todo, es el vínculo afectivo y de cooperación que se crea con nuestros hijos al cuidarlos durante la enfermedad: un regalo que nos quedará para toda la vida.
“Un hombre demasiado ocupado para cuidar su salud, es como un mecánico demasiado ocupado para cuidar de sus herramientas.” Proverbio español.
Isabel Rosas Alcántara
Médico generalista y especialista en Obstetricia y Ginecología (Universidad Complutense de Madrid), Máster en Medicina Biológica y Antiaging (Universidad de Alcalá de Henares de Madrid), Máster en Fitoterapia (Universidad Autónoma de Barcelona), Experta en Homeopatía por CEDH, Diplomada en Medicina Biorreguladora y Medicina Funcional (Colegio de Médicos de Madrid), Experta en Hipnosis Clínica (UNED), Experta profesional en Técnicas Psicológicas para el Control del Estrés (UNED).